Cuando observamos el mapa de infraestructuras de transporte de España y el de Catalunya observamos, efectivamente, una concentración de las mismas en la provincia de Madrid y en el Ámbito Metropolitano de Barcelona (AMB) respectivamente. Hay, sin embargo, una apreciación que merece la pena realizar antes de entrar en la materia. La superficie del AMB supone “el 10% de la superficie de Catalunya, el 68% de su población, y una parte algo mayor de su actividad económica”[1] mientras que la provincia de Madrid “representa el 13,7% de la población española, el 1,6% de la superficie y el 18% de la economía”[2].
Estos datos nos muestran que el peso geográfico, demográfico y económico del AMB respecto a Catalunya es mucho mayor al de Madrid respecto a España – entre 4 y 6 veces mayor en función del criterio-. Esta disparidad de peso relativo podría ser un buen argumento para afirmar que Barcelona no es a Catalunya lo que Madrid es a España; la centralidad de Barcelona se correspondería sencillamente con su peso geográfico, demográfico y económico.
Este razonamiento, no obstante, es incompleto puesto que ignora la dinámica que ha configurado esta realidad. Podría suceder que el peso demográfico y económico presente de una región fuera consecuencia precisamente de una política de centralización de infraestructuras a lo largo de un periodo de tiempo. Entender esa dinámica a lo largo de la historia es una de las contribuciones de Germà Bel en su artículo “Infrastructure and nation building: The regulation and financing of network transportation infrastructures in Spain (1720–2010)” cuyo método seguiremos de ahora en adelante.
Hagamos ahora un salto de un siglo y analicemos el establecimiento de las autopistas en Catalunya. Es indiscutible que la construcción del tramo La Jonquera – Barcelona – Tarragona respondía a criterios puramente económicos por dos motivos. En primer lugar porque se trata de una propuesta publicada en el informe “El Desarrollo Económico en España” del Banco Mundial en 1962 y, en segundo lugar, porque dicho tramo fue financiado mediante peajes.
Más ambiguo es el efecto de la subvención a los tramos Igualada-Martorell y Lleida-Cervera en el Plan General de Carreteras del período 1984-1993. Podría considerarse que dicha subvención afectó positivamente a Barcelona y, sobretodo, a la región de Lleida. No podemos concluir, sin embargo, que esta subvención respondiera a una intención política de centralización en Barcelona ni tampoco que tuviera un efecto determinante en la misma.
Por último, comentemos brevemente cómo ha afectado la implementación de la red de Trenes de Alta Velocidad en Catalunya. Según el plan previsto en el Plan Estratégico de Infraestructuras de Transporte, el AVE cubrirá en 2020 el tramo Lleida-Tarragona-Barcelona-Girona, de modo que no puede inferirse del mismo una mayor centralidad de Barcelona en Catalunya.
Para una mayor consistencia de los resultados obtenidos sería interesante estudiar cuál ha sido el patrón de la Generalitat en el desarrollo de las infraestructuras de transporte terrestre en Catalunya. Ejemplos como el desdoblamiento de la C-25 (cuya financiación está prevista mediante la fórmula del peaje a la sombra y no del peaje directo) y el Eix Transversal Ferroviario, corroborarían la tesis de que no existe centralización de las infraestructuras de transporte terrestre en Barcelona o, en otras palabras, que Barcelona no es París.
[1] Germà Bel, “Randstad” publicado en La Vanguardia (26 de abril de 2011)
[2]Germà Bel, Op. cit.
[3] Germà Bel, Espanya, capital París. Ed. La Campana,2011. p. 77
[4] Pere Pascual Domènech, Los caminos de la era industrial. La construcción y la financiación de la Red Ferroviaria Catalana (1843-1898), Edicions de la Universitat de Barcelona, Barcelona 1999 p.47
[5] Germà Bel (2011) “Infrastructure and nation building: The regulation and financing of network transportation infrastructures in Spain (1720-2010)”, Business History, 53(5), 688-705.
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